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LA DECLARACION DE INDEPENDENCIA DE TEXAS 2 de marzo de 1836.
De Leyes de la República de Texas (Impreso por Orden del Secretario de Estado, 2vols.; Houston, 1838), I, 3-7. Una riña entre el Gobernador Henry Smith y el Concejo en enero de 1836, paralizó al Gobierno Provisional de Texas. Afortunadamente, el Concejo había convocado elecciones el 1º de febrero, a fin de elegir los delegados a una convención en Wáshington para el 1º de marzo, para formar un nuevo gobierno. El sentir público, reflejado en la actitud de los cuarenta y un delegados presentes para la sesión de apertura, favoreció una declaración de independencia. Después de que la Convención se organizó, el primer acto del Presidente Richard Ellis fue el de nombrar un comité consistiendo de George C. Childress, presidente, James Gaines, Bailey Hardeman, Edward Conrad, y Collin McKinney, con el propósito de redactar una declaración de independencia. El siguiente informe del comité, supuestamente escrito por Childress y que paralela muy de cerca la Declaración de los Estados Unidos de 1776, fue adoptado al siguiente día.
DECLARACION DE INDEPENDENCIA Hecha por los delegados del Pueblo de Texas en Convención General, en Wáshington [Texas], EL 2 de MARZO de 1836.
Cuando un gobierno ha dejado de proteger las vidas, la libertad y la propiedad del pueblo, de quien deriva sus poderes legítimos, y para la propulsión de cuya felicidad fue instituido; y lejos de ser garantía de sus derechos inestimables e inenajenables (inalienables), en las manos de gobernantes malignos, se convierte en instrumento para la supresión.
Cuando la constitución federal republicana de su país, al cual han jurado apoyar, ya no tiene existencia sustancial, y la naturaleza entera de su gobierno ha sido forzosamente cambiada, sin su consentimiento, de una república federativa limitada, compuesta de estados soberanos, a un despotismo militar central consolidado, en el cual todo interés es descuidado a excepción de aquél del ejército y el sacerdocio, tanto los enemigos eternos de la libertad civil, los validos del poder siempre listos, y los instrumentos usuales de los tiranos.
Cuando, mucho después de que se ha retirado el espíritu de la constitución, la moderación la pierden al fin los que ejercen el poder, que se pierde hasta la semejanza de la libertad, y las mismas formas discontinuadas de la constitución, y lejos de atender sus peticiones y reparaciones, los agentes que las traen son tirados a los calabozos, y les envían ejércitos mercenarios para someterlos bajo un nuevo gobierno, a punta de bayoneta.
Cuando, a consecuencia de tales actos de malignidad y secuestro de parte del gobierno, cunde la anarquía, y la sociedad civil es disuelta a sus elementos originales, en tal crisis, la primera ley de la naturaleza, el derecho de conservación propia, el derecho inherente e inenajenable (inalienable) del pueblo a apelar a los primeros principios, y a tomar sus asuntos políticos en sus propias manos en casos extremos, le requiere como derecho hacia sí mismos, y una sagrada obligación hacia su descendencia, abolir tal gobierno, y crear otro en su lugar, calculado para rescatarlos de peligros inminentes, y conseguir su bienestar y felicidad.
Las naciones, así como los individuos, son responsables por sus hechos ante la opinión pública de la humanidad. Se presenta, por lo tanto, una declaración de parte de nuestros agravios a un mundo imparcial, para justificar el paso peligroso pero inevitable que tomamos, el de cortar nuestro vínculo político con el pueblo mexicano, y asumir una actitud independiente entre las naciones de la tierra.
El gobierno mexicano, por sus leyes colonizadoras, invitó e indujo la población angloamericana de Texas a colonizar su desierto bajo la fe prometida de una constitución escrita, a fin de que siguieran gozando de la libertad constitucional y el gobierno republicano al cual se habían habituado en su tierra natal, los Estados Unidos de América. En esta esperanza han sido desilusionados, ya que la nación mexicana ha cedido a los cambios recientes efectuados en el gobierno por parte del General Antonio López de Santa Ana, quien, habiendo desechado la constitución de su país, ahora ofrece, a manera de cruel alternativa, abandonar nuestros hogares, adquiridos con tanto sacrificio, o someternos a la más intolerable de las tiranías, el despotismo combinado de la espada y la curia.
Esta ha sacrificado nuestro bienestar al estado de Coahuila, por la que nuestros intereses continuamente han sido deprimidos por medio de legislación celosa y discriminatoria, efectuada desde una sede gubernamental muy distante, por una mayoría hostil, en una lengua desconocida, y esto a pesar de que hemos solicitado, de la manera más humilde, el establecimiento de un gobierno de estado separado, y hemos presentado, en cumplimiento de las disposiciones de la constitución nacional, al congreso general, una constitución republicana, la cual fue rechazada de manera insolente, sin justa causa.
Encarceló en un calabozo, durante largo tiempo, a uno de nuestros ciudadanos, por causa ninguna aparte de su celoso esfuerzo por procurar la aceptación de nuestra constitución, y el establecimiento de un gobierno estatal.
No ha cumplido con el establecimiento de un sistema de educación pública, aunque dotado de recursos casi sin límite, y aunque es un axioma en la ciencia política, que a menos que el pueblo es educado e iluminado, resulta inútil esperar la continuidad de la libertad civil, o la capacidad del autogobierno.
Le ha permitido a los comandantes militares, acuartelados entre nosotros ejercer actos arbitrarios de opresión y tiranía, pisoteando así a los derechos más sagrados de los ciudadanos, elevando a la militar a un poder superior al civil.
Ha disuelto, a fuerza de armas, al congreso de Coahuila y Texas, y le ha obligado a nuestros representantes huir por sus vidas de la sede del gobierno, negándonos así el derecho fundamental de representación política.
Ha demandado la entrega de un número de nuestros ciudadanos, y ha ordenado que ciertos grupos militares los prenda y los lleve al interior para ser juzgados, en desacato de las autoridades civiles, y en desafío de las leyes y de la constitución.
Ha llevado a cabo ataques piratas contra nuestro comercio, comisionando para esto a bandidos extranjeros, y autorizándolos a incautar a nuestros buques, para cargar la propiedad de nuestros ciudadanos a paraderos distantes para su confiscación.
Nos niega el derecho de adorar al Todopoderoso según los dictados de nuestra propia conciencia, con su apoyo de una religión nacional, circulado para adelantar los intereses temporales de sus funcionarios humanos, antes que la gloria del verdadero Dios Viviente.
Nos ha demandado que entreguemos nuestras armas, que son esenciales para nuestra defensa - son propiedad legítima de hombres libres - y formidables únicamente para los gobiernos tiránicos.
Ha invadido a nuestro país por mar y por tierra, con la intención de devastar a nuestro territorio, y expulsarnos de nuestros hogares; y ahora tiene un gran ejército mercenario que avanza para emprender una guerra de exterminio contra nosotros.
Por medio de sus emisarios, ha incitado al inmisericorde salvaje, con el hacha y cuchillo descortezador, para masacrar a los habitantes de nuestras fronteras indefensas.
Durante todo el tiempo de nuestra relación con ella, ha sido la despreciable jugadora y víctima de sucesivas revoluciones militares, y continuamente ha demostrado cada característica de un gobierno débil, corrupto y tiránico.
Estos y otros agravios fueron sostenidos pacientemente por el Pueblo de Texas, tanto que alcanzaron aquel punto en el cual la paciencia deja de ser virtud. Tomamos luego las armas en defensa de la constitución nacional.
Hemos solicitado la asistencia de nuestros hermanos mexicanos: nuestra solicitud fue en vano ya que han transcurrido meses, y no se ha recibido respuesta favorable del interior. Nos vemos, por lo tanto obligados a aceptar la conclusión melancólica de que el pueblo mexicano ha consentido en la destrucción de su libertad, y en la sustitución de la misma con un gobierno militar; que no merecen ser libres y que son incapaces de autogobernarse. La necesidad de autoconservación, por ende, ahora decreta nuestra separación política.
NOSOTROS, por lo tanto, los delegados plenipotenciarios del pueblo de Texas, reunidos en convención solemne, apelándole a un mundo cándido por las necesidades de nuestra condición, por este medio resolvemos y declaramos, que nuestro vínculo político con la nación mexicana para siempre ha terminado, y que el pueblo de Texas constituye ahora una REPUBLICA INDEPENDIENTE, LIBRE Y SOBERANA, y están plenamente investidos de todos los derechos y atributos debidamente pertenecientes a las naciones independientes; y conscientes de la rectitud de nuestras intenciones, intrépida y denodadamente le entregamos el asunto al supremo Arbitro del destino de las naciones.
Como testigos de lo anterior, nos hemos suscrito.
RICHARD ELLIS, presidente y delegado de Río Rojo. ALBERT H. S. KIMBLE,
secretario.
C. B. Stewart, James Collingsworth, Edwin Waller, A. Brigham, John S. D.
Byron, Francis Ruis,
J. Antonio Navarro, William D. Lacy, William Menifee, John Fisher,
Matthew Caldwell, John S. Roberts, Robert Hamilton,
Collin McKinney, A. H. Latimore, James Power, Sam Houston, Edward Conrad,
Martin Palmer, James Gaines, William Clark, jun.,
Sydney O Pennington, William Motley, Lorenzo de Zavala, Geoge W. Smyth,
Stephen H. Everett, Elijah Stepp, Claiborne West, William B. Leates,
M. B. Menard, A. B. Hardin, John W. Bunton, Thomas J. Gazley, R. M. Coleman,
Sterling C. Robertson, George C. Childress, Baily Hardiman,
Robert Potter, Charles Taylor, Samuel P. Carson, Thomas J. Rusk, William C.
Crawford, John Turner, Benjamin Briggs Goodrich,
James G. Swisher, George W. Barnet, Jese Grimes, E. O. Legrand, David Thomas,
S. Rhoads Fisher, John W. Bower, J. B. Bower,
J. B. Woods, Andrew Briscoe, Thomas Barett, Jesse B. Badt, Stephen W. Blount.
Daniel López
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